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lunes, 26 de octubre de 2026

¿Redes sociales o redes antisociales? El negocio de mantenernos enganchados

 


    Entramos en Facebook para ver qué hacen nuestros amigos y terminamos viendo vídeos de desconocidos. Abrimos Instagram para consultar una publicación y, media hora después, seguimos deslizando el dedo por la pantalla. ¿En qué momento las redes sociales dejaron de ser espacios de encuentro para convertirse en máquinas de consumir nuestro tiempo?




    Hubo una época en la que las redes sociales eran, precisamente, sociales. Facebook nos permitía recuperar amistades, compartir fotografías y saber de personas que teníamos lejos. Yo, por ejemplo, contacté con mi familia de Uruguay. Twitter era un espacio de conversación pública, donde obtenías la información  más actualizada, e Instagram comenzó como un escaparate de momentos cotidianos. Lo importante eran las personas con las que decidíamos conectar.

    Hoy, esa lógica parece haberse invertido. Ya no elegimos tanto qué queremos ver, sino que son los algoritmos quienes seleccionan lo que consideran que puede mantenernos más tiempo frente a la pantalla. ¿O acaso no has notado que nunca te sale nada de algún amigo en Facebook y, en cambio, recibes multitud de ofertas sobre lo último que has hecho, comido o de donde has viajado?

De conectar personas a capturar miradas


    Fernando Checa García, profesor de marketing digital de la UNIR, plantea una idea provocadora en un artículo publicado en The Conversation: las redes sociales, tal y como las conocimos, han muerto. El artículo completo lo puedes consultar aquí. 

    En su lugar han aparecido grandes plataformas de entretenimiento que compiten por un recurso especialmente valioso: nuestra atención.

    El cambio es significativo. Antes, el contenido que nos aparecía procedía fundamentalmente de las personas que seguíamos. Ahora podemos pasar horas consumiendo publicaciones de desconocidos, seleccionadas según nuestros gustos, comportamientos y hábitos de navegación.

    TikTok representa probablemente el ejemplo más evidente. Su algoritmo no necesita conocer a nuestros amigos para ofrecernos contenido atractivo. Le basta con observar qué vídeos terminamos, cuáles repetimos y ante cuáles nos detenemos.

    Y funciona.

    Según el Estudio de Redes Sociales 2026 de IAB Spain, el 97 % de los usuarios encuestados utiliza estas plataformas para entretenerse, frente al 81 % que las emplea para interactuar. No significa que hayamos dejado de relacionarnos, pero sí que el entretenimiento ha adquirido un protagonismo indiscutible.


Cuando nuestra atención se convierte en mercancía

    Detrás de esta transformación existe una explicación económica relativamente sencilla: cuanto más tiempo permanecemos conectados, más oportunidades tienen las plataformas de mostrarnos publicidad.

    El contenido lo producimos nosotros, los creadores y millones de usuarios de todo el mundo. Las plataformas organizan su distribución, recopilan señales sobre nuestros intereses y comercializan espacios publicitarios.

    En este modelo, nuestra atención tiene un valor económico.

    Por eso proliferan los vídeos breves, las recomendaciones personalizadas, la reproducción automática y los contenidos capaces de provocar reacciones inmediatas.

    El problema aparece cuando lo que más nos atrapa no coincide necesariamente con lo que más nos aporta.

    Un contenido polémico, exagerado o emocionalmente intenso puede captar nuestra atención con mayor facilidad que una explicación rigurosa y pausada. No significa que los algoritmos favorezcan siempre la desinformación, pero sí que los incentivos comerciales pueden entrar en conflicto con la calidad de aquello que consumimos.

    Basta entrar un rato en Facebook para comprobarlo, aunque aquí colaboran también nuestros "amigos", que muchas veces utilizan sus redes como una tribuna política.


Las nuevas puertas de entrada a la información

    Esta transformación no afecta únicamente al entretenimiento. También está modificando nuestra manera de informarnos y de comprender el mundo.

    El Digital News Report 2026 del Instituto Reuters revela que, por primera vez en el promedio de los 48 mercados estudiados, las redes sociales y las plataformas de vídeo superan a las páginas y aplicaciones de los medios de comunicación como vías de acceso a noticias: un 54 % frente a un 51 %.

    Esto supone un cambio profundo. Cada vez dependemos más de sistemas de recomendación para descubrir qué acontecimientos merecen nuestra atención.

    Los creadores de contenido pueden acercar la actualidad a públicos que difícilmente acudirían a los medios tradicionales. Pero también surge una pregunta incómoda: ¿quién decide qué noticias vemos y cuáles quedan fuera de nuestra pantalla?


¿Estamos más conectados o más solos?


    La gran paradoja es que nunca habíamos tenido tantas posibilidades tecnológicas para comunicarnos y, sin embargo, buena parte del tiempo que dedicamos a estas aplicaciones transcurre sin interactuar realmente con nadie.

    Compartimos menos experiencias personales en espacios públicos y consumimos más contenido ajeno. Mientras tanto, muchas conversaciones significativas se trasladan a grupos privados, mensajes directos y comunidades pequeñas.

    No obstante, sería injusto afirmar que las redes ya no sirven para conectar. Siguen permitiendo crear comunidades, mantener relaciones a distancia, compartir conocimiento y dar visibilidad a causas sociales.

    La cuestión no es si las redes sociales son buenas o malas, sino qué comportamientos promueve su diseño y hasta qué punto conservamos el control sobre nuestra experiencia digital.

    Quizá el verdadero reto no consista en abandonar estas plataformas, sino en recuperar nuestra capacidad de decidir: elegir a quién seguimos, contrastar lo que vemos, limitar el desplazamiento infinito y reservar tiempo para las relaciones que importan.

    Porque la pregunta que deberíamos hacernos ya no es cuántas personas tenemos conectadas, sino cuántas conexiones reales estamos construyendo.

    Y, sobre todo, si utilizamos las redes sociales o son ellas las que nos utilizan a nosotros.

 

lunes, 12 de octubre de 2026

¿Dónde deben tributar los youtubers? La audiencia como nuevo criterio fiscal

 

¿Basta con mudarse a Andorra para dejar de pagar impuestos en España? La respuesta podría ser más compleja de lo que parece. El debate sobre la tributación de los youtubers e influencers ha puesto de manifiesto las dificultades de aplicar las normas fiscales tradicionales a una economía digital en la que las fronteras físicas tienen cada vez menos importancia.




Este es un tema del que ya me ocupé una vez en este blog, en una entrada titulada ¡esos pobres youtubers! en la que me "quejaba" de que no pudiese crearse un régimen especial para ellos -que reciben muchos ingresos desde fuera de España- igual que se había creado para los futbolistas de élite con la intención de atraerles a nuestro país.

Una perspectiva especialmente interesante es la que plantea Antoni Bergas Forteza, profesor de Derecho Financiero y Tributario de la Universitat de les Illes Balears, en su artículo La audiencia de los ‘youtubers’ puede tener la palabra sobre su tributación, publicado en The Conversation el 9 de marzo de 2026.

Su planteamiento introduce una cuestión fundamental: ¿y si el lugar donde se encuentra la audiencia fuese relevante para determinar dónde deben tributar los creadores de contenido?

La residencia fiscal no lo determina todo

Tradicionalmente, la residencia fiscal constituye uno de los principales criterios para establecer las obligaciones tributarias de una persona. Por ello, numerosos creadores de contenido españoles han trasladado su residencia a Andorra, donde la presión fiscal es considerablemente inferior.

Sin embargo, como explica Bergas Forteza, cambiar de residencia no significa necesariamente que todas las rentas queden fuera del alcance de la Hacienda española.

España y Andorra cuentan con un convenio para evitar la doble imposición que distribuye las potestades tributarias entre ambos Estados. Por tanto, resulta necesario distinguir entre el país de residencia del contribuyente y el territorio en el que se desarrolla la actividad que genera los ingresos.





Además, conviene recordar que Andorra no tiene actualmente la consideración de jurisdicción no cooperativa para España, por lo que el debate no puede reducirse a una supuesta utilización de un paraíso fiscal.

¿Puede considerarse artista a un youtuber?

Una de las cuestiones más relevantes del artículo es la posible calificación fiscal de los creadores de contenido como artistas.

Aunque sus ingresos se consideran, con carácter general, rendimientos de actividades económicas, determinados youtubers e influencers podrían encajar en el concepto de artista contemplado en los convenios internacionales de doble imposición.

Esta interpretación tiene consecuencias importantes.

El artículo 16 del convenio entre España y Andorra permite que las rentas obtenidas por artistas y deportistas sean gravadas en el Estado donde desarrollan su actividad, incluso cuando sean residentes fiscales de otro país.

Así, un creador residente en Andorra que realice actuaciones artísticas en España podría quedar sometido a tributación española por las rentas correspondientes a dicha actividad.

Ahora bien, esta calificación no debe entenderse como automática para cualquier influencer: dependerá de la naturaleza concreta de su actividad.

La audiencia: ¿un nuevo punto de conexión tributaria?

Aquí encontramos la aportación más novedosa del análisis de Bergas Forteza.

En las actividades artísticas tradicionales, determinar dónde se desarrolla una actuación suele resultar sencillo. Un cantante actúa en un concierto y un actor participa en una representación en un lugar determinado.

Pero ¿dónde actúa un youtuber que graba sus vídeos en Andorra y cuyos seguidores se encuentran mayoritariamente en España?

El autor propone prestar atención a la realidad económica de la actividad digital, considerando elementos como la procedencia de las visualizaciones, el mercado al que se dirige la publicidad, el idioma utilizado o la vinculación cultural del contenido con un determinado territorio.

Desde esta perspectiva, la localización de la audiencia podría utilizarse como indicio para determinar dónde se genera el valor económico de la actividad.

Las propias plataformas digitales disponen de estadísticas que permiten conocer la distribución geográfica de los espectadores, lo que facilitaría analizar esta conexión territorial.

No obstante, es importante introducir una precisión jurídica: que la audiencia se encuentre en España no implica, por sí solo, que los ingresos deban tributar aquí.

La propuesta del autor constituye una interpretación de las reglas de tributación internacional que requeriría examinar su encaje en los convenios aplicables, especialmente en el concepto de lugar de realización de la actividad artística.

Un desafío para la fiscalidad del siglo XXI

La cuestión trasciende el caso de los youtubers que se trasladan a Andorra. Estamos ante un problema más amplio: cómo atribuir potestades tributarias cuando una actividad puede desarrollarse desde un país, distribuirse mediante una plataforma internacional y obtener sus ingresos gracias a consumidores situados en otros territorios.

El artículo de Antoni Bergas Forteza invita precisamente a reconsiderar los criterios tradicionales de territorialidad fiscal.

La pregunta ya no es únicamente dónde vive el creador de contenido, sino también dónde desarrolla su actividad y dónde se genera el valor que monetiza.

El reto será encontrar una respuesta jurídicamente sólida que permita adaptar la tributación a la economía digital sin sacrificar la seguridad jurídica ni convertir la localización de la audiencia en un criterio automático de imposición. 

Y ahí es donde yo añadiría una propuesta: que nuestro legislador establezca este criterio de la audiencia para la tributación, pues de ese modo, se evitaría la huida fiscal a Andorra ya que tanto si reside en España como si lo hace allí, la tributación de los ingresos obtenidos por vistas en España tributarían aquí. Como se dice en el argot tributarista, los paraísos fiscales sólo existen porque también existen los infiernos fiscales. Si hacemos desaparecer estos, aquellos dejarán de ser atractivos y cesará la salida de personas del territorio.